Frontera, Migración y Desarrollo Sostenible

Federico Mayor Zaragoza

Resumen


Si profundizamos un poco en nuestros antecedentes resulta casi siempre que, un día, “nosotros” fuimos “ellos”. Todos hemos sido emigrantes, inmigrantes, hasta originar estas comunidades plurales, mestizas, de gran diversidad cultural, que son garantía del respeto a la igual dignidad humana, piedra angular de todos los Derechos y principios éticos.

Es una vergüenza que los mismos que motivaron –a menudo con míseras retribuciones- la llegada de emigrantes en momentos de “expansión económica” favorezcan ahora su regreso, con severos e irrespetuosos comentarios a su condición.

Mientras algunos sigan aferrados a un sistema económico especulativo y con grandes inversiones militares, con deslocalización productiva hacia el Este –todo vale, sin reparar en condiciones laborales- y deslocalización directiva e innovadora hacia el Oeste, que favorece sólo al 20% de la humanidad y amplía los desgarros sociales, seguirán afluyendo emigrantes desesperados, a riesgo de su propia vida.

Los necesitamos. Los necesitaremos, sobre todo, en un futuro, porque la baja natalidad y la mayor longevidad así lo requieren. Vean si no -los que mantienen el “ya no cabemos más”- las previsiones sobre emigrantes de las Naciones Unidas, y las de España concretamente.

La extrema pobreza origina miles de muertos todos los días e induce a muchos seres humanos, desamparados, a abandonar los lugares de origen e intentar llegar, en una emigración terrible, que genera más sentimientos de animadversión todavía, por la insolidaridad, a países que se caracterizan hoy por el desconcierto, desorden e improvisación.

El gran desafío para el futuro que anhelamos es compartir mejor. Y para ello no hace falta más que echar un vistazo al mundo en su conjunto. Es cuando “miramos” al mundo cuando, súbitamente, nos sentimos hermanos (como establece, por cierto, el artículo 1º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos).

Cabemos todos y todos somos iguales en dignidad.

El cuidado del entorno no debe limitarse a lo más cercano sino que debe extenderse, porque el destino es común, a todo el planeta. Es un aspecto crucial: el prójimo puede ser próximo o distante.

Es urgente que empecemos a hablar de un nuevo concepto de seguridad, estar completamente preparados para reducir el impacto de terremotos, inundaciones, incendios, tsunamis,... y proteger a las personas cuyos territorios están tan bien defendidos. Las “cinco prioridades de la ONU”: alimentos, agua, servicios de salud, medio ambiente y educación deben proporcionarse a todos sin exclusión. Solo así, con una democracia genuina, que asegure la igual dignidad humana, será posible el sueño de la transición de una cultura de imposición, dominación y guerra a una cultura de encuentro, diálogo, conciliación, alianza y paz. De la fuerza a la palabra!

Constituye una auténtica exigencia ética que los ciudadanos del mundo -frente a amenazas globales no caben distintivos individuales- dejen de ser espectadores abducidos y anonadados para convertirse en actores decididos para que no se olvide, una vez más, lo que debe ser inolvidado: que los índices de bienestar se miden en términos de salud y participación, de calidad de vida y creatividad, y no por el PIB, que refleja exclusivamente crecimiento económico, siempre mal repartido; que es apremiante un nuevo concepto de seguridad que no sólo atienda a la defensa territorial sino a los seres humanos que los habitan; la inmediata eliminación de la gobernanza por los grupos plutocráticos y el establecimiento de un eficiente multilateralismo democrático; la puesta en práctica, resueltamente, de la Agenda 2030 (ODS) y de los Acuerdos de París sobre Cambio Climático, teniendo en cuenta, en particular, los procesos irreversibles.

Es un gran plan de desarrollo global sostenible que proporcionaría las condiciones adecuadas de habitabilidad y progreso, lo que permitiría que la emigración fuera una decisión libremente adoptada, beneficiosa para todos. “Transformar el mundo” es el título de la crucial Resolución aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en octubre de 2015, que establece los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Han transcurrido cinco años largos desde aquellos momentos que, unidos a los casi simultáneos Acuerdos de París sobre el Cambio Climático, constituyen un destello esclarecedor de horizontes tan sombríos. Fugaz esperanza porque hoy está claro que no serán los gobiernos quienes aseguren su puesta en práctica.

Estamos ante el reto de una nueva cosmovisión, con nuevos estilos de vida. El gran desafío a la vez personal y colectivo es cambiar de modelo de vida. El mundo entra en una nueva era. Tenemos muchas cosas que conservar para el futuro y muchas otras cosas que cambiar decididamente. Por fin, los pueblos. Por fin, la voz de la gente. Por fin, el poder ciudadano. Por fin, la palabra y no la fuerza. Una cultura de paz y no violencia y nunca más una cultura de guerra.

Es fundamental una educación que proporcione a todos conciencia global, especialmente en un momento en que afrontamos procesos potencialmente irreversibles. El prójimo puede ser próximo o distante. Y el cuidado del entorno no debe limitarse a lo más cercano sino que debe extenderse, porque el destino es común, a todo el planeta. Educación para que se sepa siempre discernir entre el medio y el fin, entre la herramienta y los grandes objetivos éticos. En la era digital, en la que ya son posibles la conciencia global, la libre expresión y la progresiva participación de la mujer hasta alcanzar la igualdad, es más importante que nunca en el pasado –basado en el poder absoluto masculino, de silencio, anonimato, de confinamiento territorial e intelectual- contribuir al “nuevo comienzo”. “Todo está por hacer y todo es posible… pero, ¿quién si no todos?”, escribió Miquel Martí i Pol en unos versos que no me canso de repetir.

En un mundo armado hasta los dientes pero incapaz de disponer de la tecnología y el personal capacitado para hacer frente a las catástrofes naturales mediante una gran acción conjunta coordinada por las Naciones Unidas… todo sigue igual. Debemos movilizarnos contra este curso aparentemente inexorable de los acontecimientos para que los gobernantes adviertan que ha llegado el momento inaplazable de poner en marcha un desarrollo global sostenible en lugar de la actual economía de especulación y guerra… Desplazando de una vez a los grupos plutocráticos en cuyas manos se han puesto, irresponsablemente, las riendas del destino común.

Hasta ahora, una vez pasadas las primeras reacciones humanitarias a las tragedias, la humanidad ha olvidado y ha seguido las pautas y el ritmo cotidiano sin tener ya en cuenta las inmensas heridas sin restañar. Un ejemplo todavía reciente es el de Haití. Inmediatamente después del terremoto -el día 14 de enero de 2010- escribí al final del artículo “A vuela pluma: Haití”, lo siguiente: “Los líderes deben saber que la sociedad civil tendrá, por fin, voz, sobre todo en el ciberespacio, y la elevará progresivamente. Que podremos mirar a los ojos de los supervivientes y decirles: el tiempo de la insolidaridad y del olvido, el tiempo del desamor, ha terminado”.

En plena crisis vírica por el COVID-19 debemos tener en cuenta -para que las lecciones sean realmente aprendidas y aplicadas en todo el mundo- la situación en países que siempre quedan fuera del punto de mira de los “grandes”, como la plaga de langostas que hoy mismo causa estragos en Kenia, Etiopía y Somalia; las víctimas del sida y del dengue; y las víctimas de la creciente insolidaridad internacional con los refugiados y migrantes.

En resumen: ahora sí, ahora sí que ya tenemos voz por primera vez en la historia, “Nosotros, los pueblos” vamos a recordar las lecciones de Haití y las del coronavirus para iniciar a escala global una nueva era con otro comportamiento personal y colectivo de tal manera que todos y no sólo unos cuantos disfruten de la vida digna que les corresponde.

Federico Mayor Zaragoza

10 de junio de 2020.


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ISSN: 2631-2700

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